Cecilia Bartoli

Genio, escándalo y muerte: maría, cantante y diva

“¡Ah! ¡La maravillosa criatura! Supera a todas sus imitadoras por su genio musical verdaderamente desconcertante, y a todas las mujeres que he conocido por la superioridad de su espíritu, por la variedad de sus saberes y por un temperamento fulgurante del que no cabe hacerse la menor idea. Conocedora de las más diversas lenguas, cantaba en español (su lengua materna), en italiano, en francés, en alemán; y, después de ocho horas de estudio, interpretó Fidelio en Londres en inglés. Dibujaba, pintaba, bordaba, en ocasiones confeccionaba ella misma sus vestidos; sobre todo, escribía. Sus cartas son obras maestras de espíritu ágil, de elocuencia, de buen humor, que revelan una originalidad de expresión inigualada”. Gioachino Rossini

 

¿Cómo era realmente María Malibran, descendiente de la ilustre familia García? Arquetipo de mujer romántica, era brillante, poseía los más excepcionales y variados talentos, era generosa, sentimental y trágica, devota, ardiente y apasionada, indómita, desenfadada pero concienzuda, emancipada e independiente... en una palabra: moderna. Pero también era orgullosa, obstinada e imprudente; una mujer cuya exuberante personalidad la obligaba a subordinar todo a su voluntad indomable y a lo que ella consideraba como su libertad personal.

 

Dondequiera que aparecía la joven española de esbelta figura, grandes ojos y larga melena morena, creaba un ambiente y un arrebato de emoción que sumió a la sociedad refinada de Europa y América en un frenesí sin precedentes. Con su fascinante manera de cantar, su actitud abierta y su estilo de vida absolutamente poco convencional, esta joven “gitana” –hija de un renombrado músico andaluz y un arquetípico artista romántico- transformó no sólo la estética del canto y la interpretación, sino también la actitud de la sociedad hacia los artistas en general. Por primera vez, una mujer –una música, además- dejaba su huella en el mundo del arte, en la vida cotidiana y en las actitudes de sus contemporáneos, con consecuencias trascendentales para las generaciones venideras. Se convirtió en la primera diva de la historia del teatro; la primera diosa del Romanticismo.

 

Sin embargo, cualquier intento de definir a esta mujer extraordinaria y a su legado artístico debe basarse en un estudio exhaustivo de la época y, lo que es muy importante –porque fue, ante todo, una cantante sin igual-, en una investigación de su arte vocal, de los instrumentos y los timbres preferidos en las primeras décadas del siglo xix.

 

María Felicia García nació en el seno de una destacada familia musical el 24 de marzo de 1808 en París. Su padre era el famoso tenor, compositor y profesor de canto andaluz Manuel del Pópolo Vicente García y su madre la soprano Joaquina Sitches (Briones). El hermano mayor de María, Manuel, era un barítono y aún es conocido en la actualidad por su tratado de canto, una obra seminal. Su hermana, mucho más joven, Pauline Viardot-García fue también una cantante, compositora y mecenas de las artes.

 

Como tenor muy demandado, García padre viajó con su esposa e hijos de una capital musical a otra. La joven María tenía sólo cuatro años cuando empezó la existencia itinerante en Francia, Italia e Inglaterra que caracterizaría el resto de su vida. En Nápoles, a los ocho años, hizo su primera aparición en un escenario operístico junto a su padre en Agnese de Paër. En ese mismo año, 1816, lo acompañó a Roma al estreno de Il barbiere di Siviglia de Rossini, en el que García encarnó al personaje de Almaviva. El compositor, defraudado por la falta de éxito de la representación, fue consolado por la niña que –como Rossini contaría más tarde- le dijo (en francés): “No estéis triste, esperad; cuando crezca cantaré el Barbero en todas partes, pero (dando una patada en el suelo) nunca, jamás en Roma, aunque me lo pida el Papa en persona de rodillas”.

 

Este encuentro con Rossini y su música demostró ser tan decisivo para su vida como lo fue para su padre: Rosina, Cenerentola, Tancredi, Ninetta (en La gazza ladra), Semiramide, Arsace y, sobre todo, Desdemona en Otello acelerarían todos su ascenso meteórico. La influencia fue también personal; durante el resto de su vida, el gran compositor siguió apoyando y siendo extremadamente generoso con la familia García y les abrió numerosas puertas..

María hizo su debut oficial en escena como Rosina en Londres el 11 de junio de 1825, sustituyendo en el último momento a Giuditta Pasta. Se convirtió en la comidilla de la ciudad. Pero pasaría poco tiempo antes de que su aventurero padre se pusiera de nuevo en camino. Esta vez decidió de improviso abandonar Europa y probar suerte en otro continente, llevando a Estados Unidos la primera compañía de ópera italiana. Integrada en buena medida por miembros de la familia García, presentó las consabidas óperas de Rossini en el Park Theatre de Nueva York , con María en los papeles protagonistas femeninos. Aquí la joven participó por segunda vez en su vida –tras el estreno romano del Barbero- en un acontecimiento musical histórico: con apoyo de Lorenzo da Ponte, que vivía entonces en Nueva York, los García montaron la primera producción americana de Don Giovanni de Mozart, con María como una deliciosa Zerlina. No pasó mucho tiempo antes de que “la Signorina” causara una impresión igualmente poderosa en otros papeles, incluidas dos óperas compuestas especialmente para ella por su padre. Pronto María pasó a ser la primera estrella del incipiente panorama musical americano.

 

La relación con su padre fue turbulenta. Hay numerosas anécdotas sobre los choques a veces violentos entre la adolescente María y su irascible padre, que fue también su único e incansablemente estricto profesor de canto y su primer compañero en escena. Sólo seis meses después de llegar a Nueva York, con diecisiete años, María se casó precipitadamente con un hombre veintiocho años mayor que ella –Eugène Malibran, un francés de origen español- e incluso se retiró de los escenarios durante un tiempo. El marido de Giuditta Pasta, Giuseppe, que se encontraba en Nueva York como integrante de la compañía de García, escribió a su esposa en París que “dentro de unos días Marietta Garzia [sic] va a casarse con un comerciante que pasa de los cuarenta, aunque sigue siendo muy atractivo y, dicen, rico. Parece ser que que ella va a poner fin a su compromiso con Garzia y dejar el teatro. Si eso es verdad, entonces adiós a la Ópera Italiana de Nueva Jorck [sic]” (14 de marzo de 1826).

 

Ya fuera una huida o un matrimonio por amor, la relación de María con Eugène fue tirante desde casi el primer momento. Puede que un factor que contribuyera a ello fueran los negocios turbios de él, que lo llevaron cerca de la bancarrota. No pasó mucho tiempo antes de que María volviera a cantar, incluso organizando conciertos en Filadelfia y cantando de nuevo conciertos en Nueva York. La única solución a sus dificultades económicas y al deterioro de su vida privada era, en última instancia, regresar a Europa, aunque sin su marido, que estaba bajo arresto domiciliario. A finales de 1827, la joven emancipada y segura de sí misma ponía rumbo a Francia para proseguir su extraordinaria carrera como cantante.

 

Con una velocidad asombrosa –y una vez más bajo la mirada benévola de Rossini-, María pasó a ser idolatrada por los parisinos. Los empresarios de ópera la asediaban con ofertas cada vez más atractivas; en la prensa se desató una batalla entre sus admiradores y sus enemigos; fue agasajada por la alta sociedad en opulentas veladas e inmortalizada por George Sand, Lamartine y Musset. Thalberg, Moscheles y Paganini rivalizaron con la veinteañera en virtuosismo y el legendario héroe de la Guerra de Independencia americana, el General Lafayette, se convirtió en un amigo paternal y un protector. Entre sus compromisos en París, aparecía frecuentemente en Londres. Durante un tiempo cantó en no menos de tres teatros diferentes –King’s, Drury Lane y Covent Garden- y se ganó la admiración del público inglés amante de la música cuando realizó una gira por todo el país con sus variados programas de concierto.

 

Las relaciones de María con su marido Eugène Malibran se habían enfriado desde hacía mucho tiempo cuando, en la capital francesa, conoció al atractivo violinista belga Charles de Bériot e inició abiertamente una relación con él. En una época en que las mujeres artistas estaban consideradas sólo socialmente aceptables en determinadas circunstancias (demandadas, por ejemplo, como entretenimiento en ocasiones sociales pero sin ser invitadas como tales), París se hallaba dividida sobre la relación entre estas dos almas gemelas; para la entusiasta juventud francesa, María era ya un auténtico icono romántico, pero la escandalizada alta sociedad la castigó con un gélido desdén. Aunque siguió siendo celebrada y homenajeada, la cantante cedió ante la presión social y abandonó Francia. Desde 1832 hasta su muerte nunca volvió a cantar en público en París. Su rehabilitación hubo de esperar hasta que la posteridad la colocó en un pedestal tras su prematura muerte.

 

Incluso después de su apresurado abandono de Francia, la fiebre Malibran no decreció en Europa: se extendió como un reguero de pólvora por Italia y también llegó a Bélgica e Inglaterra. En Italia conquistó los importantes centros musicales de Roma, Nápoles, Bolonia, Milán y Venecia y un gran número de ciudades más pequeñas. Aquí cantó por primera vez papeles de Vincenzo Bellini, que se adecuaban a su naturaleza y a su voz mejor que virtualmente cualquier otra música que hubiera cantado anteriormente. Como Amina en Sonnambula, pero también como Norma y Romeo, hizo enloquecer al público italiano.

 

Mientras que en Francia fue elevada a la condición de una diosa romántica, en Italia la gente la trataba como uno de los suyos. Era reconocida dondequiera que fuese y a menudo no se la dejaba avanzar hasta que hubiera cantado un poco. En Nápoles desafió valientemente al rey (negándose a aparecer ante él hasta que levantó la prohibición de aplaudir en el Teatro San Carlo), mientras que en Milán se enfrentó los funcionarios para poder interpretar el personaje protagonista de Maria Stuarda de Donizetti sin censura. En el valle del Po y Bolonia, bajo dominio austríaco, se convirtió en un mascarón de proa del Risorgimento, y en Venecia salvó a un teatro del cierre al ofrecer un concierto benéfico. Rápidamente fue bautizado con su nombre: Teatro Malibran.

 

Sus espeluznantes viajes por tierra fueron no menos impresionantes que sus agotadores travesías atlánticas. El amor por la velocidad y las ganas de llegar a su destino solían traducirse en que la joven, vestida habitualmente con ropas de hombre, mandara a sus conductores al interior del carruaje mientras que ella ocupaba sola el pescante y fustigaba ella misma a los caballos. Una anécdota cuenta cómo, para evitar una epidemia de cólera, emprendió un peligroso viaje a pie desde Lucca hasta Milán, y otra habla de una “rápida” excursión de ida y vuelta de Milán a Bruselas para ocuparse de un asunto familiar.

 

María tenía todo lo que hace falta para ser una superestrella. Se convirtió en la primera mujer en rivalizar con la adulación dispensada a aquellos héroes operísticos de los siglos xvii y xviii, los castrati, pero con la diferencia de que su fama se extendió por varios continentes. La mimaban cada vez más. Sus honorarios pasaron a ser astronómicos. La sociedad y la prensa se interesaban con creciente avidez por su vida pública y su vida privada. Numerosos compositores escribieron óperas para ella y sirvió de inspiración a artistas y poetas. Sus capacidades para la expresión dramática y musical, su figura esbelta y delicada, su manera de actuar enormemente emocional, su vida turbulenta y su vulnerabilidad física (rachas de desmayos e indisposiciones estaban a la orden del día) dieron lugar a que el mundo la tuviera por el arquetipo de la mujer romántica. Fácilmente olvidada bajo todos los clichés, sin embargo, había una mujer tenaz, independiente, moderna, que era también difícil, solitaria, a menudo desesperada, físicamente agotada y enferma.

Hoy valoramos qué subjetivos pueden ser los testimonios contemporáneos y, sin embargo, podemos reconocer el carácter único de la voz de mezzosoprano de María en la música que cantaba, en los papeles concebidos para ella y en sus propias composiciones. Su amplio y excepcionalmente variado repertorio también exigía una gama de expresividad emocional y dramática a la que sólo podía hacer justicia un talento sobresaliente. Otro testimonio de la extraordinaria personalidad de la joven son las fantasiosas y apasionadas cartas que escribió en un batiburrillo de idiomas diferentes, sus caricaturas rebosantes de perspicacia y sus atractivos dibujos.

En 1836 la carrera de María parecía haber llegado a su cenit y ella disfrutaba de una vida privada feliz. Su matrimonio con Eugène Malibran quedó finalmente anulado en primavera gracias a la activa intervención de Lafayette, tras un tira y afloja de años. Poco después podía casarse con su adorado Charles, con quien vivía, cuando no estaban juntos de gira, fuera de París y cerca de Bruselas, donde también residían su madre y su hermana tras la muerte de su padre en 1832. Esta feliz existencia llegó enseguida a un final abrupto en el otoño de 1836; una embarazada María de Bériot moría en Manchester por las heridas que le provocó un serio accidente a caballo que había sufrido en Londres unos meses antes.

Cuando su voz quedó silenciada, sus contemporáneos se quedaron únicamente con los recuerdos de esta mujer única. En la España de sus raíces fue recordada como la “Mariquita” española, en Francia como la nativa y localmente celebrada “Malibran”, en América como la primera estrella de la ópera, “La Signorina”, en Inglaterra como la “inigualada Madame Malibran” y en Bélgica, donde fue enterrada por su familia, como “Madame de Bériot”.

Traducción: Luis Gago